La próxima vez, al autocine a Colorado

La tarde anterior habían acordado que irían juntos a ver esa película que los dos tenían aplazada desde hacía semanas. Por la mañana, M compró las entradas y quedaron en encontrarse en la salida del metro más cercana a la plaza. Irían desde allí juntos, andando y al cine «en pareja» por primera vez.

(Qué raras y qué intensas son a veces esas primeras veces…)

Cuando M descargó el pdf, lo compartió con L a través del chat de whatsapp, que era la vía de comunicación abierta y permanente con él. No había pasado un minuto y recibido un bizum por importe de una de las dos.

Cuando M llegó al lugar elegido, L no estaba. De repente, había desaparecido (o no aparecido) él y la conversación de whatsapp se habían esfumado. En el lugar de su foto de perfil había quedado ese logo gris y vacío. Los mensajes que enviaba se quedaban flotando en medio del tráfico que rodeaba la plaza, la fuente y la boca del metro. Sólo un check, ni doble, ni azul, ni en línea, ni escribiendo.

No hacía falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta qué algo pasaba. M intentó llamarle y… fuera de toda sorpresa: el número marcado no se encuentra disponible en este momento, inténtelo de nuevo más tarde.

The Star drive in movie theater in Colorado

Se acercó a la puerta del cine dispuesta a cumplir con el plan previsto, al menos con la parte que le tocaba. Llegó al acceso y al pasar una de las dos entradas, el chico-de-la-pistola-láser leyó el código y mirándola a los ojos, disparó: «las dos personas vinculadas a esas entradas ya estaban dentro, te has debido equivocar.»

(Sí, sí… claro… en qué estaría yo pensando…) M salió escaleras arriba, entre estupefacta y cariacontecida, dirigió sus pasos a la taquilla y eligió otra película. Compró una nueva entrada y repitió el proceso anterior.

Esta vez el chico-de-la-pistola-láser sólo dijo: «Sala 4, al fondo a la derecha. Ya puedes pasar.»

Le sonrió con cierto apuro y le dijo: «has ganado con el cambio, ésta está mucho mejor y es la mejor ubicación.»

Buscó su asiento (se dijo para sí: el pistolero tenía razón) y sin pensar demasiado puso su móvil en modo avión.

Podría haber elegido la película que iba a ver con L. Podría haber entrado en la sala. Podría haber buscado la fila y el asiento que tenía en el pdf de su móvil. El mismo que él validó, sin un ápice de respeto, con alguien que no era ella. Podría hacerlo, pero no lo hizo. ¿Para qué? Él sabía que ella no lo haría. Y M decidió que era más sano pasar página y seguir viviendo una ficción diferente para sobrellevar una realidad decepcionante.

Cuando salió de la sala 4 miro de reojo la puerta de al lado. La otra peli era más larga, aún estaban dentro. Cogió su dignidad o lo que quedaba de ella y se la colgó al hombro, junto al bolso y al abrigo.

Caminó un poco perdida, en paz pero aturdida, por una ciudad, que se había tornado un poco más hostil y del todo desconocida.

Mirando a las alturas, buscando respuestas, se dio cuenta de que esa escultura, en lo alto de aquel edificio, no estaba hacía un par de horas, ¿cómo era posible?. Todavía se podía ver cómo la grúa recogía el brazo y los cordones de acero que habían utilizado para elevarla hasta allí, majestuosa. No todo iba a ser desagradable aquella tarde. De hecho ganó mucho con la película y la diosa cazadora iluminada por los rayos del atardecer del invierno, en plena golden hour, cuando todo es más bello, sólo superado por un amanecer en el que la vida empieza de nuevo.

Se quedó ensimismada en sus pensamiento, mientras se sentía deslumbrada por los neones de la ciudad, se sentía como si estuviese colgada del enorme gancho de la grúa, mirando todo desde arriba. Posición privilegiada.

Después de un largo paseo, naufragando en las sensaciones de la peli y lo extraño de los acontecimientos, ya en casa, sentada en el sofá, recordó que el móvil seguía en modo avión, así que activó los datos, que no había echado de menos en horas, y en cuanto se restableció la red, llegó un nuevo sms de Bizum: «enhorabuena, has recibido un envío… (blablabla)», con el mismo importe de la entrada de cine (la que faltaba) y un mensaje ¿de despedida? ¿en clave? en el concepto: eres más valiente que yo.

Después de unos meses, M ha visto 26 películas, en el cine o en casa sola o en compañia; 7 cortos, de amigos y conocidos, con sus previas y sus posts; 3 temporadas de 2 series que le han recomendado algunos de los anteriores… ¿Y L? Dudo que esté en el autocine de Colorado… estará refugiado en una de esas huidas frecuentes en salas pequeñas y oscuras, con pocas butacas de esta ciudad.

…cerrando círculos…

Deshizo la últimas cajas de la anterior mudanza cuando en las calles y sobre todo en los parques se notaban las secuelas de aquella borrasca de nieve que los meteorólogos, los telediarios, los seudoexpertos y toda la gente de a pie acabaron llamando Filomena. Sin duda, era la viva imagen de una señora mayor, mayor de las de verdad, de esas que tienen nietos de más de 30 años, de las que guisan pollo en una cazuela a fuego lento durante horas y te guardan una ración (o dos) de cocido completo y de las que te preguntan si te has quedado con hambre aunque podrías haber dejado de comer un rato antes. Pues eso, cuando Filomena, la tormenta, no la señora, había devastado las ramas del 80% de los árboles de la ciudad, ella estaba poniendo orden a su vida, una vez más… o eso creyó… ¿poner orden?

Empezó a preparar la siguiente mudanza justo después de una tormenta de arena digna de los mejores efectos especiales de una película ambientada en Marte o en el desierto del Gobi. A ese fenómeno no le pusieron nombre o ella, enfrascada en meter de nuevo la vida en cajas, no se enteró. De hecho se encontró una mañana, saliendo a la calle con todo cubierto de tierra muy fina. Sin saber porqué, ni cómo había llegado esa capa de color rojizo hasta la misma puerta de su casa. Había pasado mala noche y no sabía si es que era un efecto secundario de la falta de sueño y el malestar emocional de los últimos días, o es que todo el mundo sabía que el polvo en suspensión se precipitaría durante la madrugada, en ese punto geográfico concreto. Bueno, concreto, concreto no, que después vió que había cubierto dos tercios del país.

Entre uno y otro efecto meteorológico habían pasado muchas cosas y ninguna. La palpable sensación de que los principios y los finales formaban círculos cada vez más pequeños y que con ellos podía hacer cadenetas aprovechando los giros constantes de los acontecimientos…

billy by nuncahesabidodibujarmanos

Cuando acabó con ese traslado de un lugar a un no lugar, que esperaba que se acabase convirtiendo en hogar, y que lo fuese cuanto antes, porque no sabía cuánto duraría su estancia allí… Y vista la tendencia, no quiso ni pararse a pensar en que la potencialidad se hiciese realidad antes de lo esperado. Entre reflexión y pensamiento, decidió que era el momento de limpiar los cristales de las ventanas de esa casa, que le había dado paz y había sido refugio en los últimos meses. Fue entonces, cuando se dió cuenta de que la lluvia de los días siguiente no sólo no había mejorado la situación, si no que había conseguido empeorar las cosas y se había formado una especie de lígera argamasa en el alfeizar…

De repente, cuando estaba afanada en eliminar esa película de partículas de las repisas de cada una de las ventanas, salió su vecino de enfrente. Ese con el que nunca había cruzado una palabra, pero con el que había experimentado otras formas de comunicación. Se habían observado a escondidas y en silencio. Habían intercambiado mensajes mudos de un lado al otro de la calle. Algunos días, ella ponía una canción con la ventana abierta y él salía a su balcón a tomar un café y fumar un cigarro que liaba con destreza. Y de manera casual, él acababa tamborileando sobre la mesita de madera los compases de la música que le llegaba de no sabía dónde. A veces ella estaba en el sofá leyendo o viendo cualquier cosa en la tele justo antes de dormir, y él, en lenguaje morse lanzaba ráfagas con el flashes del estudio fotográfico que tenía montado en casa. Algunas veces se confundía con relámpagos de una tormenta…

Aquella mañana, cuando ella intentaba cerrar esa etapa de su vida, él estaba lacando una pieza de madera y bailando al ritmo que marcaban sus air pods, así que se miraron de reojo. Él se dió cuenta de que ella se iba y que era tarde para decir nada, aunque se miraron de frente, quizás por primera vez, y haciendo el ademán de empezar a hablar, cada uno en su orilla, cantaron y leyeron en los labios del otro la letra acompasada del estribillo de la última canción de… (rellene el espacio en blanco)

SAOKO, papi, Saoko… ¡el algoritmo, marcando el ritmo!

La peor persona del mundo

Hace unos días escuché en un programa de cine que la película de La peor persona del mundo de Joachim Trier, es el retrato de una joven millenial , Julie, que ronda los 30 y que se encuentra perdida y desubicada dentro de su mundo. Como sinopsis, la compro, pero creo que trasciende a esa edad, al presente y a los llamados millenials. Reflexión correcta y muy acertada, pero reduce el argumento a la mínima expresión. Se deja otros detalles por el camino. Evidentemente, resulta complicado dar detalles sin destrozar las ganas del espectador por ir a verla. Porque hay veces que ya lo has leído, oído y visto todo sobre la peli y queda muy poco margen para la sorpresa. Y quizás por eso me gusta ir a ciegas a ver cualquier cosa: película, obra de teatro…

La protagonista de La peor persona del mundo vive como cualquiera de nosotras con sus dudas constantes sobre si está estudiando lo que más le gusta, si prefiere probar algo que no tiene nada que ver con eso. Si tiene que trabajar una temporada sirviendo cafés para pagar parte de sus gastos. Si se besa con un chico cada noche, si se enamora de la persona equivocada, si va a tener hijos con ella o va a seguir experimentando en este día a día…

La peli tiene elementos que atrapan: el reencuentro de dos personajes que se enamoran en segundos, minutos, horas, mientras todo a su alrededor queda literalmente congelado, el ejercicio hipnótico de la música, la presencia de la sangre, sí, sangre roja, sangre de la duele cuando la ves caer. No al modo de una de Tarantino, si no sangre de menstruación y sangre de gravidez interrumpida… esa sangre con la que te identificas, una vez más.

Mi realidad diaria me sitúa, un poco o un mucho, como una millenial de facto. Depende del día. Aunque mi fecha de nacimiento me impide quedarme dentro de la acepción me identifico en la mayor parte de las experiencias. Julie transmite esa sensación de caída libre en medio de la incontrolable incertidumbre y esa sensación de saberse perdida en medio de un mundo inmanejable. Se acerca bastante a lo que siento a menudo. ¿Quién decide hasta cuándo puedes cambiar de idea sobre dónde trabajar, qué hacer, con quién estar? ¿Quién dijo que ya está bien y que es hora de tener cierta seguridad vital? ¿Cuándo dejas de sentirte la peor persona del mundo por esa indecisión o por creer que que todas tus decisiones son un error de cálculo? pues no lo sé, tampoco sé si alguien alguna vez dió respuesta y sentó cátedra sobre todo ello. Probablemente no.
Por suerte, el sentimiento de estar haciendo todo (casi) mal, cada vez surge con menos frecuencia y menos intensidad, aunque el rumbo de la vida siga tan a la deriva como siempre… ¿no somos todos navegantes de nuestra propia existencia intentando encontrar la calma?

fotograma: La peor persona del mundo

Habrá quién encuentre esta película como algo naif o llena de cliches vacuos, de «problemas del primer mundo», pero es que… ¿qué hacemos si vivimos en el primer mundo?… y quizás por eso, esta historia nos llega. Porque las preocupaciones de los personajes, son las nuestras. Porque sus desvelos, son los nuestros. ¿Qué hacemos si, por suerte, no nos bombardean a diario? ¿Qué hacemos si tenemos un plato de comida en la mesa y conexión wifi en el bolsillo y en todas partes? ¿Qué hacemos si podemos coger un vuelo de vez en cuando a algún destino remoto y no tenemos que endeudarnos durante años para cruzar un océano y acabar en nuestro país malviviendo en las calles? Claro que tenemos la capacidad de empatizar con historias alejadas de nuestra cultura y nuestra forma de vida y más aún cuando nos estamos en la oscuridad y la soledad de una sala de cine. Pero nos sentirnos identificadas con la protagonista de ésta no nos cuesta nada. Su vida nos entra por ojos como si fuese la de cualquiera de nosotras. Algo que también suele ocurrir con las historias de los podcasts de Isabel Calderón y Lucia Litjmaer en su Deforme Semanal Ideal Total, siempre hablan de mi, siempre hablan de ti, siempre hablan de tu amiga, de tu prima y al final, siempre hablan de ellas y de todas nosotras, incluida Julie.

fotograma: La peor persona del mundo

Cuando vi pasar los últimos títulos de créditos pensé: «esto es la vida» acompañada de un suspiro, que ponía el broche a una semana que había sido, para mi, intensa, a nivel millenial, en muchos aspectos, pero con amigas y amigos en los que apoyarme y con los que compartir los fracasos y algunos éxitos, que haberlos haylos.

…esto es el juego infinito…

Compré unas sábanas que devolví sin desembalar. No eran de la talla apropiada para mi colchón. ¿en qué estaría yo pensando cuando las elegí? Ya sé, el estampado y la combinación de colores encajaba a la perfección con la luz que entra por la ventana cuando suena el despertador los primeros martes de primavera. Esta manera de tomar decisiones no siempre es la mejor, lo sé. Debería evaluar mis criterios a la vista de los resultados.

Se esperan lluvias desde hace días, pero en contra de todo pronóstico, el viento no da tregua, ni descanso a las nubes, que ya no saben dónde amarrarse y que se balanceaban de acá para allá sin poder soltar el lastre de la precipitación. Al llegar a casa, dejo la carga del día: mochila, fiambrera, preocupaciones y me lanzo al parque con el libro que me tiene atrapada y las llaves como única compañía. Llevo metida en la cabeza esa canción y no necesito los auriculares, que susurraron sus últimos estertores low battery al salir del metro.

Estrené la agenda hace semanas, voy rellenando páginas con anotaciones breves, con horas, con citas de todo pelaje. En la primera página sólo un par de propositos y poca fe en conseguirlos… mal comienzo, sobre todo porque lo siento como una continuación del juego infinito como siempre me dice R. Recuerda: esto es el juego infinito. Una anécdota tras otra de esto que llamamos vida.

La mía va tan deprisa que me lleva con la lengua fuera. Si las situaciones pueden llegar de golpe, emparejadas, encadenadas o como una bomba de racimo, ¿para que lo van a hacer de una en una?. Y yo colocando los cambios como si fuesen cajas de cartón en una estantería o como los contendores de barco en el puerto. Piezas de un rompecabezas calibrado que a duras penas se mantiene en equilibrio, pero siempre lo logra.

Uno de los últimos giros inesperados de los acontecimientos ha llegado en forma de ¿agradable? sorpresa, en periodo de prueba… (*actualización marzo 2022) ha durado menos que la garantía de un robot de cocina o de un calefactor para el baño, pero deja enseñanzas que nos llevarán a seguir jugando…

Tirando los dados en cada ronda.

Il caffè

Hace unas semanas pasé ocho días en Italia y cuando quedaban tres pensaba en que quería quedarme allí. Siempre me pasa lo mismo. Cómo no era lo previsto, se quedó en un deseo sin base ni fundamento. Al octavo día cogí el vuelo de vuelta y cumplí con lo establecido. Lo demás habría sido una sorpresa altamente insospechada para mí y para el resto.

No sé en qué estaría mi subconsciente anoche, porque esta mañana me he despertado pensando que era lunes y que tenía que encender el ordenador y ponerme a trabajar. He pensado en saludar a F, como hacemos cada día y en cómo después de un rato nos acabamos llamando por teléfono para preguntarnos, de nuevo, lo mismo que hemos comentado en un mensaje hace un momento. Eso y que me pregunte, entre risas, si he cumplido con mi cuota de lectura de una página y media durante todo el fin de semana. Mientras me bombardea a preguntas sin sentido que, a menudo dejo pasar sin respuesta… Aunque, cuando creo que no se ha dado cuenta, me las repite porque quiere tener la información de primera mano, a través de mis respuestas no dadas y… que por insistencia acaba consiguiendo.

Pero es que, al final, resulta que hoy es domingo y me he levantado para desayunar tranquilamente y leer, mientras tanto, un par de capítulos del libro que ahora tengo entre manos. El mismo que F dejó en su montón de libros pendientes y que yo quité del mío.

Después de comer, en la duermevela de la siesta, con el murmullo de una película irrelevante y de las conversaciones del resto, he vuelto a la curiosidad repetitiva de esta mañana sobre en qué estaría mi subconsciente anoche. De repente he recordado que, además de la confusión del día de la semana, resulta que he soñado que estaba en un tren, en Italia. Qué sin saber ni cómo, ni porqué me pasaba la estación en la que debía bajar. Y que antes de llegar a la siguiente, venía el revisor y me decía que no podía continuar el viaje, porque mi billete no cubría esa parte del trayecto. Y entonces, en un italiano (casi) perfecto, defendía mis opciones de llegar a Roma, aunque en un principio no era mi destino. Y no recuerdo ni a dónde iba, ni a dónde quería ir, pero era una sensación extraña como si me hubiese equivocado al elegir la ciudad. ¿Roma? ¿Por qué he dicho Roma?. Estaba sola, pero no parecía que me importara demasiado…

Me he despertado con el olor del café de la sobremesa, que se había alargado y extendido de un lado al otro del salón y del sofá. Y yo, de cuerpo presente y de mente dispersa, como si me hubiese teletransportado a otra dimensión y acabase de aterrizar procedente de otro planeta. Siempre me pasa. Desde luego, nadie me había echado de menos, pero yo ahí no estaba. Aunque, apenas abrí los ojos pedi:

Un espresso per me. Nero, amaro e caldo come l’inferno. Senza zucchero, senza latte. Ed un pezzo di questo panettone, anche. Soffice e pieno di frutta candita, uve passe, noci, nocciole…