…hagamos las presentaciones…

Hace tanto tiempo que no paso por aquí que ya no sé si soy la misma que se asomaba de vez en cuando o soy otra. No sé si empezar por presentarme de nuevo. Por saludarme a mi misma en el reflejo del espejo. Ha habido momentos en los que no nos reconocíamos. Me perdí en un laberinto y me ha costado encontrar la salida desde el interior de esa gruta oscura y fría. Cuando cruzaba pasadizos templados, creía que ya estaba cerca, pero se abría una galería de corrientes ocultas que me devolvía al lugar de partida con al ánimo y las fuerzas cada vez más menguadas. Exhausta y perdida, los calificativos más repetido de los últimos tiempos.

¡Cómo han insisitido algunas personas en tirar de mi hacia arriba desde el borde del foso! ¡Qué empeño han puesto!, incluso sin saberlo, en darme impulso para que no cayera un poco más abajo. Palabras como si fueran murales, mensajes, gestos, sonrisas y lágrimas empapadas en abrazos, en el pasar de los días. Ofrezco recompensa (todavía por determinar) por el rescate encubierto del que he sido objeto, por la salvación y sanación de mi reflejo.

En las últimas semanas se han reunido los clubes y los conclaves, las hermandades secretas y han hecho magia y brujería. Hace una semana se reunió el breakfast club, hace dos el de los conciertos al aire libre, las del cine y los teatros, los de los museos, también. Y se han unido los del club de artistas. He empuñado la cámara de nuevo. El boli y el papel nunca se fueron, pero los tachones son, objetivamente, más numerosos que los renglones. Y todo ello volvió a mi vida en el preciso instante en que la bomba de relojería que llevaba pegada al cuerpo hizo click y explotó. Alguien debería haber programado el temporizador con un plazo de tiempo más corto, porque ahora que lo veo con cierta distancia no necesitaba acumular tanta presión para acabar tocada, hundida y ahogada. A las pocas semanas ya podría haberme inmolado y eso que no sabía la que se venía.

Respirar el salitre, escuchar las olas y sentirlas romper a la altura de las rodilla justo antes de zambullirme provocó en mi un síndrome de Stendhal y una sensación de magdalena de Proust, como si fuese un 2×1, en patatas fritas del supermercado, en versión emociones contenidas. Y es que cuando has mantenido durante meses el cuerpo rígido y en apnea permanente y de repente vacias el cerebro en proceso de urgencia de borrado masivo de información, salta todo por los aires.

Además de toda la negrura del universo, he acumulado, personas-constelaciones que con sus tintineos intermitentes emitien leves ráfagas de luz. Proyectos ilusionantes y ganas de seguir haciendo más de esto y de aquello, pero en porciones reducidas, más de nouvelle cuisine que de La grande bouffe.

He acumulado más cosas en el montón de “pendientes de hacer” que días de vacaciones en el último año, a pesar de haber trabajado por tres y sin descanso. Sin embargo, como aquella campaña de turismo de Castilla y León, en el que te sugerían que vivieses cada fin de semana como unas vacaciones, el verano tendrá un par de días cada cinco para elegir destino, plan, compañía y lo que surja… y a veces lo que surja es no hacer nada. Un lujo dadas las circunstancias.

Acabo de cruzarme por el pasillo con esa sombra de mi misma que ha sido reflejo desconocido y versión lúgubre de mi, llevaba consigo las últimas cajas de su mudanza, ha cerrado la puerta desde fuera y ha dejado colgadas las llaves en el mueble de la entrada. En esta ocasión de la salida. Ahoy!

De mapas

Aquí estoy yo, trabajando desde hace semanas, como cada mañana, en construir un mapa que me ayude a encontrar el mejor recorrido para la línea de la vida. Y no hablo del camino más corto, sino el que me ofrezca las mejores vistas, los mejores paisajes, las mejores experiencias. Siempre pensando en cuál será la mejor opción, la ruta más emocionante hacia un lugar que quizás no exista o que quizás no encuentre.

Aquí estoy yo, enfrascada en mediciones, rodeada de instrumentos que me ayudan a ubicarme: compás, escuadra, cartabón… y por ahí tengo una brújula, un sextante y un astrolabio por si necesito algo más de precisión… Ya acudiré al GPS si lo considero necesario… De momento, voy haciendo marcas con lápices de diferentes colores sobre líneas que marcan fronteras, uniendo hojas en blanco bien alineadas, para tener más espacio a la hora de recorrer esa curva cerrada en mitad del camino.

Aquí estoy yo, intentando entender(me) y (des)cubrir las razones de porque siempre busco el camino más escarpado y el más retador, pero siempre se cruza algún otro que acaba haciendo que sea de algún modo (casi) todo más fácil.

Foto: Andrew Neel | Unplash

Aquí estoy yo, en mi trabajo reconvertida a cartógrafa, con todo este lío de escalas 1:1.000.000 y, otra vez, se cruza la vida y me saca del ensimismamiento. Y agarro, una vez más, la oportunidad señalada con flechas y carteles de neón antes de que se ilumine el (NO) delante de VACANCIES en este motel de carretera. Ahora que el tráfico es fluido y sabiendo con cierta antelación si habrá un desvío a la derecha, una vía de servicio, un cambio de sentido o una entrada en una glorieta en los próximos 200 metros o 365 días…

Y en el intervalo entre que se enciende y se apaga el intermitente de la furgo voy anotando el número de teléfono, mentalmente, de esas casitas de pescadores que se alquilan. Todo rodeado de redes, de escamas, de jábegas…

El verano de la vida…

Hay veranos de vacaciones y / o de trabajo o de ambas intercaladamente, de temperatura sofocante, de noches tropicales, de taparse con manta y sacar el paraguas, de insomnio, de trasnoche, de dormir hasta mediodía o de madrugar para ver salir el sol, de playas, de hogueras, de castillos, de cine de verano con abanico o de sala de multicine con jersey de cuello vuelto, de paseo y helado a la luz de la luna, de noches estrelladas, de atardaceres hipnóticos, de grandes comienzos, de bienvenidas, de amores, de encuentro o de despedidas, de decepciones, de distanciamientos (cuando no era social y obligatorio), de pequeñas victorias, de pequeñas derrotas, de partidas abandonadas en tablas. También los hay de recoger cerezas desde lo alto de la escalera, de lagos, de faros, de montañas, de risas hasta el llanto, de abrazos, de lágrimas hasta la risa, de baños en ríos, en embalses o en mares… vale, también en piscinas, de verbenas de pueblo, de folklore en las plazas o en las campas o de festivales indie. Los hay de cartas, de postales, de fotos y de anécdotas, de cuadernos de viaje o de hojas en blanco. Los hay que empiezan con un pinchazo de rueda, con vuelos retrasados, incluso suspendidos, de trenes a los que subir en el último minuto, de noches en hoteles en la periferia de aeropuertos, de barcas a la deriva y acaban en fiestas de la espuma, en chupinazo, en batallas de agua, en fuegos artificiales…

Kathy ‘Gidget’ Kohner | Fuente: LIFE Magazine

Hay veranos que empiezan en septiembre o en mayo, que empiezan cuando quieren, porque el verano es un estado de ánimo. Algunos empiezan cuando tachas las últimas tareas cumplidas de la agenda escolar, cuando te quedas sin tareas pendientes en el calendario de sobremesa, cuando te sientas encima de la mochila para que quepa el cepillo de dientes y un par de calcetines más.

Hay tantos veranos como días. Aunque en éste me arrasa la nostalgia de aquellos. Me arrasa el anhelo de otros que vendrán. Me agarro al presente, al día a día, con la esperanza de que quizás y apesar de todo lo que tiene de diferente, acabe con un puñado de recuerdos que lo hagan especial. Especial al nivel que está siendo este año, que a cada paso no deja de sorprendernos. Acabará documentado con su propia carpeta de experiencias vividas, engordando el expediente de la vida, listo para lanzarlo por la borda o para introducirlo en la trituradora de recuerdos.

Hay muchos veranos, pero no están en este…

Provocando serendipias. Volumen II

Esta es la segunda versión de un relato que escribí aquí. Aunque esta segunda versión toma la idea inicial del otro texto, le di una vuelta más y lo envié a un concurso de relatos… Lo había dejado por ahí en el olvido y dos años después lo publico aquí…

Acabo de abrir el buzón de sugerencias y he encontrado algunas notas manuscritas: (…) las palomitas tienen demasiada sal (…), (…) la Coca-Cola de grifo es insípida (…), (…) en las salas hace demasiado frío o demasiado calor (…), pero me he quedado de piedra cuando he abierto un sobre con una invitación de boda dirigida a la atención de los taquilleros, y esos somos nosotros. No sé si abrirla o esperar a que llegue mi compañero. Cuando empezamos a hacerlo ni siquiera sospechábamos que pudiese pasar esto.

Empezaré por el principio, si es que esta excitación repentina me deja explicarme con claridad. Y es que con la llegada de la primavera del año pasado, mi compañero y yo, taquillero y taquillera de un cine multisalas, de esos que quedan pocos por el centro, de esos que ponen películas en versión original subtitulada, se nos ocurrió una especie de inofensivo juego a la hora de distribuir a las personas en el patio de butacas.

Cada día veíamos pasar gente de las taquillas a las salas. El número de personas, siempre variable, unas jornadas más que en otras, ya que entre semana las primeras sesiones están casi desiertas y las siguientes, aunque más animadas, no son un lleno absoluto ni mucho menos.

Nuestra estrategia surgió con la intención de animar el día a día de nuestro quehacer taquillero. Mi compañero de trabajo y yo, que solemos coincidir en los días de más afluencia cinéfila, ideamos lo que dimos en llamar “una provocación de serendipias”. Así pues, creamos situaciones aparentemente causales entre los espectadores con el objetivo de conseguir encuentros que tendrán o no sus consecuencias. Concretamente, cuando una persona va sola a la taquilla y compra una entrada, nosotros buscamos a otro espectador solitario que se siente a su lado. Para que el plan funcione, tenemos que aprovechar las sesiones de los fines de semana y las del ‘día del espectador’, porque son en las que las entradas están numeradas y llevan a cada uno hasta un asiento concreto y reservado.

Algunas veces esta táctica nos ha fallado porque a última hora alguien decide cambiar su asiento por otro y nuestras consecuencias se desordenan, toman una forma y un orden nuevo y más inesperado e imprevisible aún.

En este tiempo hemos conseguido que algunos espectadores estén unidos gracias al azar de nuestra elección. Aunque, en determinados casos, nuestras combinaciones de pares ni siquiera llegan a cruzarse las miradas, ni una sola palabra, ni un roce fortuito al acomodarse en sus asientos.. Sin embargo, en otras ocasiones, hemos acertado de pleno en nuestra decisión y hemos comprobado, con cierta sorpresa, como a la semana siguiente los espectadores solitarios de la sesión anterior han acudido emparejados a ésta. Bien es cierto que estas relaciones rara vez han durado más de tres o cuatro sesiones, pero hemos llegado a superarnos a lo largo de estos meses viendo cómo algunas parejas se refuerzan y estabilizan poco a poco cada semana.

Nosotros, por nuestra parte, tenemos un panel oculto colocado en la pared del fondo de la taquilla, a modo de marcador en la que llevamos el recuento exacto de los celestinescos éxitos y fracasos, siempre relativos, en nuestras cuentas del debe y del haber, como si fuese la cuenta atrás de un preso en la celda de la cárcel. Así, vamos marcando con palitos los resultados de nuestro juego. Unas veces ganamos, otras perdemos, y en la mayoría de los casos, empatamos.

Como creadores de esas consecuencias en la oscuridad de la sala no podemos desmontar esa trama. Al fin y al cabo, la relación podría haber surgido igual sin nuestra ayuda, pero una alegre punzada interior de satisfacción se siente cuando vemos como “nuestras creaciones” entran por la puerta, como si fuesen proyectos Frankenstein.

Alguna vez, entre risas, habíamos bromeado con la posibilidad de que alguno de los clientes descubriese nuestra estrategia o si alguna de las relaciones acabara en boda. Y hoy al abrir el buzón he encontrado la respuesta. Después de meses, nos han pillado y quieren que seamos los testigos de la unión. De momento pasaremos el verano tras el cristal de la taquilla observando desde el otro lado de la cristalera el devenir de las relaciones y abriendo cuidadosamente el buzón, por si las bodas se desbordan… y eligiendo el modelito para tan señalada fecha a finales de septiembre.

proceso de despresurización

Deberíamos haber amanecido de resaca de festival. Deberíamos haber compartido un brunch sentados bajo el sol de mediodía en la terraza de tus amigos. Deberíamos estar afónicos de entonar las canciones de esa lista de Spotify que hiciste con los mejores éxitos de los grupos del cartel. Nada es lo que debería ser hace ya más de 80 días y aquí seguimos, sin vuelta al mundo, inmersos en un viaje que tiene algo de huída desde dentro del laberinto -no encontramos la salida- o de historia interminable -nadie es capaz de ponerle el cartel de “the end”-.

Los medios de comunicación lo llaman “desescalada” y nos venden la imagen de que todos somos ávidos montañeros descendiendo al campo base después de coronar la cima y tocar el cielo. Las últimas semanas están siendo un ascenso pausado más que a un descenso fugaz. Así que, decidí colgar el piolet y los pies de gato de los clavos que sobresalen en la pared rocosa y hacerlo de otra manera. Lo siento diferente, más como un proceso de “despresurización”. Ese que hacen los submarinistas que han bajado a unos 200 metros de profundidad, para avistar extrañas especies de peces abisales y observar, en el camino de vuelta, cachalotes durmiendo “de pie”.

Será más cómodo enfundarse unos buzos de neopreno con escafandra. Necesitaremos hacer ese ascenso a la superficie lento, al ritmo adecuado como para que los pulmones, el corazón, el cerebro no colapsen y acabemos siendo cuerpos rígidos, pesos muertos flotando en el mitad del océano. Amarrados al tubo que nos ayudaba a respirar y a la cuerda que nos unía a la embarcación en la que deberíamos haber vuelto a tierra firme. Parecerá más arriesgado que la desescalada, pero nos dolerán menos las rodillas… y un poco más la cabeza.

Al fin y al cabo, hoy es otro de esos días en los que hemos despertamos separados por la distancia de la no-normalidad. En medio de ese relativo descanso. Acompañados del insomnio intermitente de los últimos meses. Cada uno en diferente provincia. Cada uno en diferente fase. Lejos del parque, de la buhardilla, de la terraza y de las mejores vistas. Lejos del fin de semana que habíamos marcado en el calendario con colores fluor hace meses.

despresurizando: 180 metros de profundidad y subiendo.

despresurizando: 18 atm. de presión hidrostática y bajando.