Estocolmo ya no nos quiere

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¿Puedo decir que he superado mi Síndrome de Estocolmo?

Estoy pagando a plazos mi rescate, como el que paga un móvil cada mes en su factura de tarifa plana de datos…

Hubo un tiempo en que pensé que habría sido mejor quedarme dentro de una escena de Rayuela, aquella protagonizamos en el salón de su casa. Cuando me quedaba atrapada sujetando una copa de vino en la derecha y un libro de poemas en la izquierda, mientras un disco de jazz inundaba a golpe de corcheas los espacios vacios y las dobleces de rincones y esquinas de la estancia. Por unas horas, eramos como la Maga, yo, y como Horacio, él. Recitábamos, intercalando nuestras voces en cada punto y seguido, que acababa en estúpidos duelos al sol, de todo o nada. Besos, caricias y abrazos, provocados por los efectos etílicos de los versos mal dichos. Batallas pérdidas antes de empezar. Acabaron con un punto y aparte que no encontro el inicio de párrafo sangrías abajo.

‘Do not disturb’ por nuncahesabidodibujarmanos

Hubo un tiempo en que eché de menos la oscuridad del día y la luz de la noche, porque siempre tuve problemas con las intensidades y las incandescencias. Le llevé prendido en las costillas, enmarañado entre tanto hueso. En la cadera se mantuvo su no-presencia bastante más tiempo. Y mis síndromes habituales acogieron al de Estocolmo como si fuese “uno de los nuestros”.

Hubo un tiempo en que estuve convencida de que no habría olvido suficiente para quitarte del medio, por más empeño que pusiese en borrar todo resquicio de aquellos no-momentos vividos en no-lugares. Tuvo que pasar algo más de un invierno… Como medida alternativa diré que aquel enero se me hizo eterno.  Y tal vez, al final del frío conseguí no recordar ese “vernos, tocarnos, olernos, oirnos, gustarnos” tan desigual e injusto, sobre todo, con mi cuerpo… Con los 5 sentidos recuperados de nuevo, logré, con no poco esfuerzo, por el bien de Estocolmo, romper la tendencia de enzarzarme en puntiagudas caricias de nuevo.

Y es que… si me hubiese explicado las reglas de SU juego… Nos habríamos ahorrado mis trampas sin saberlo, y esa dinámica confusa en que él me dejaba perder, y él, ganaba perdiendo sin yo saberlo…

Ahora sólo puedo decir, que Estocolmo ya no nos quiere… y yo que me alegro.

Ilustración: nuncahesabidodibujarmanos

Tu hermana y yo…

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El primer ingrediente de este plato es la pérdida. Es esa fuerte sensación que comparten y que une a Perrick, Tessa y Marie en el fondo de esta historia. Cada uno carga con ella de la mejor manera posible, no les queda más remedio si quieren seguir viviendo la vida que les ha tocado.

Tessa es la que la siente ese peso más liviano sobre sus hombros, sin embargo, a Perrick le pesa demasiado. Los dos perdieron a Erwan hace un año. Tessa era su novia, o ya exnovia por entonces, ahora poco importa. Desde entonces, nadie ha ocupado su lugar, pero parece que no lo lleva del todo mal, su recuerdo aún le abriga.

Perrick era el hermano menor de Erwan, y lleva un año, quizá más, sumido en una profunda depresión. Tiene un pasado difuso, un presente incierto y un futuro al que no se atreve a mirar a los ojos para poder afrontarlo sin miedo.

Tessa y Perrick se han convertido en dos grandes amigos, son el hombro sobre el que apoyar la cabeza, alternativamente. Cuando uno cae, el otro le ayuda a levantar y al revés. Compañeros de la soledad que les ha quedado como una herencia sin testamento.

La tercera, es Marie, la hermana mayor de Tessa, sólo a medias, lo de hermana quiero decir, y acaba de perder a su última novia. Ésta ha decidido dejarla por una acróbata unos lustros más joven que ella. Según Marie, demasiada competencia para ella. Se ha dado por vencida y ni siquiera va a intentar luchar.

Los tres, en una situación inesperada,  acaban compartiendo espacio, la vieja casa familiar de ellas. Un lugar localizado en una isla de difícil acceso y apartada de la civilización. Los primeros en coincidir allí son Marie y Perrick, que en cierto modo, saborean la hiel de la traición. Aunque en ese momento no lo viven así, pero con el trascurso de los acontecimientos se darán cuenta de que ésta llegó no sólo para uno, si no para dos de los tres integrantes.

A la improvisada “reunión” se une Tessa, que desconoce que su hermana Marie estaría allí también. Hace tiempo que no hablan, mantienen una relación cordial, se aprecian y se admiran mutuamente. Durante la cena de la primera noche juntos, cuando el alcohol hace su efecto, la confianza salta todas las barreras, los comentarios ¿hirientes? ¿sinceros?, sean como sean, poco cuidados, ganan espacio y el aire de la estancia se hace denso, como una acumulación de gas a punto de explotar.

De esas conversaciones, y de otras, Perrick desprende cierta amargura, en parte celos, en parte culpa, por su relación con Erwan, adorado por todos, y tristemente fallecido repentinamente, convertido en héroe, en mito. Algo que empuja hacia abajo mucho más que su ausencia. Tessa siempre ha sentido a Marie como su hermana mayor, como su modelo a seguir, pero también como una sombra alargada que la tapaba silenciosamente y alguien con quien tenía que competir, aun sabiendo que jamás saldrá vencedora, o sí. Marie ve en Tessa a la niña que se llevó el escaso cariño que podía recibir de ese padre que cada 7 años, puntualmente, cambiaba de pareja abandonando a la anterior.

Aquí está la despensa repleta. Los ingredientes de una receta que todos conocemos y que aparecen, siempre, en las proporciones adecuadas cuando nos sentamos a la mesa de una comida familiar. Donde caben dos caben tres o seis. Hay para todos. Los mezclamos con las relaciones, con el tiempo que ha pasado y le damos el golpe de horno necesario para presentarlo en una fuente antes de servir. Si los celos, la amargura, la competencia, la traición se han acumulado entre las sobras que quedan en los platos, la sobremesa correrá a cargo de los comensales.

¿Qué vais a querer café o té?

Et ta soeur (Marion Vernoux)

Volver a casa..

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Llevo dos semanas fuera y cuando entro en el portal no reconozco mi buzón. Miro varias veces, por si me he despistado, pero la llave era la que abría la puerta y los casilleros son los mismos que había hace unos cuantos días. Apartó la maleta de mi lado. Me giro y camino hacia la entrada, en sentido salida. Cierro los ojos y me enfrento de nuevo a esa pared llena de bocas hambrientas de facturas. Ahí, está la placa de siempre, la que indica el piso y la letra, 6ºD. Esa es. Sin embargo, se cayeron las letras de mi nombre, junto al tuyo, del papelito que los contenía. Miro al suelo, por si las veo desperdigadas sobre el rodapie del descansillo. Quizás alguien las haya recogido, eran redondas y pequeñas, escritas con bic cristal de color azul. Antes me decías que mi letra era bonita… Pero no, ni siquiera se han caído. Me acerco un poco más y veo que alguien – no sé si has sido tú, lo sé, pero no te reconozco – las ha tapado con ese tipex blanco que cubre como con una cinta los caminos errados de la escritura. Hay que reconocer que quien lo hizo se esmeró, apenas se notan esos finos bordecitos que con el tiempo serán amarillos y se despegarán.

…ahora vivo aquí

Jueves de sangre enajenada

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Un rojo enajenado - Paula Bonet
Un rojo enajenado – Paula Bonet

Este jueves no podré quedar contigo. No querré, porque si lo hago, al día siguiente, amaneceré con el costado izquierdo de mi cuerpo dolorido y ensangrentado. Y es que es ahí donde  se clavan tus abrazos y tus caricias como si fuesen aguijones de avispero enfurecido o arpones balleneros de otro siglo. Proyectiles que se engarzan en la carne con trayectoria de entrada y nunca de salida y que en cada leve movimiento me desgarran los entresijos y las entretelas. Amaneceré con tus susurros a modo de alfileres prendidos en el espacio que queda entre mi tímpano y mi cuello. Punzadas e hilvanes con hilo de sutura.

Por eso, porque me duele mucho menos tu ausencia que tu presencia, el viernes haré planes que me salven y me sanen de esas heridas cruentas, demasiado. Saldré con otros que sin tantos arrumacos y palabrería zalameresca me provocarán un despertar más placentero, con su verdad, que mis tormentos y mis delirios con los “te quise, hace algún tiempo”. Me quedaré agazapada entre los pliegues de alguna manta que será abrigo en la escapada de aquellas ruinas de ese asunto que fue “lo nuestro” y que hoy en día ya no es nada o debería no serlo.

Silencio

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Silencio.

Distancia.

El silencio.

La distancia.

Mi silencio es la manera de ampliar nuestra distancia.

Mientras no me acostumbro a negar que te echo de menos.

Sin título (1979). Paco Gómez
Sin título (1979). Paco Gómez

“…el silencio es el contenido ideal para rellenar los huecos que se forman cuando uno está a solas. Incluso en compañía adquiere valor…” (Fin del poema. Juan Tallón)