De qué hablo cuando hablo de correr…

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¡¡Qué duro es ser corredora de maratones!! Has pasado gran parte de tu vida pensando que esto era lo tuyo. Las grandes distancias. Sin embargo, desde hace unas semanas te has dado cuenta que llevabas todo ese tiempo equivocada. Porque resulta que, si acaso, lo tuyo son las medias maratones, no mucho más. Que, a este ritmo, falta poco para que te acabes dedicando a las “carreras populares”. Ya que has pasado en unos meses de maratoniana experimentada a ‘medio maratoniana’ del montón. Lo has confirmado en el momento justo en el que te ha salido una dura competencia. Y es que ahora estas en lucha directa con alguien que vive en el ‘ultramaratón’, nada más y nada menos. Así que, de un día para otro, constatas que has pasado media vida ejercitándote bajo unas pautas de entrenamiento equivocadas.

Tú, a los 20 kms, crees que ya no queda nada y que has de echar el resto. Si te dejan esprintas, como si vieses la cinta del final al alcance de la mano. Aumentas el ritmo de la marcha sin pensar demasiado que, en realidad, te queda más de la mitad del camino por recorrer. Menos mal que el corredor que llevas a a tu lado te recuerda en un susurro pausado, amable y paciente, que la prisa no es buena cuando no la hayY ahora, en este preciso instante, en este kilómetro 20 o 19,5, no la hay.

Así que bajas el ritmo y la velocidad, respiras hondo, miras a ambos lados en busca de alguien a quien copiar el paso… Bajas a la posición elegida e intentas con todas tus fuerzas igualar tus zancadas con las del corredor elegido, ese que parece que sabe más de esto, la vida, y de aquello, la intensidad. Te pegas al costado del ‘ultramaratoniano’ que te advirtió y salvo de caer desfallecida en el punto kilométrico previo al avituallamiento, con la única idea de llegar a la meta… Sin importar el reloj, ni la marca personal de esta carrera.

A ver si así aprendes algo, aunque sea de la vida

*N. de A.:
Los personajes, circunstancias, situaciones e
historias narradas aquí son una ficción,
fruto de la imaginación.
Cualquier parecido con la realidad
es mera coincidencia (o no).

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Hay una gaviota en el alféizar

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El sábado me desperté con ello. Empecé a oír el graznido de unas gaviotas adentrarse a través de las ranuras de luz que dejaban las láminas de la persiana. Me extrañó. Por más que me esforcé, bajo la ropa de cama, no sentí la brisa en la cara, ni olía a sal. Es verdad que este mes ha llovido bastante y que seguramente siga haciéndolo si las previsiones de los próximos días no se equivocan, pero no puede ser que hasta aquí haya llegado el mar. Plazas, aceras y calzadas están permanentemente mojadas. La hierba está creciendo entre las juntas que separan las baldosas y los bloques de hormigón que forman los bordillos.

Si un día no llueve, al siguiente cae un poco más y recupera los charcos perdidos, absorbidos por la tierra el día anterior. La gente ha hecho acopio de impermeables, paraguas y botas de agua. No estamos acostumbrados a la sucesión continuada, en formato periódico puro, de chubascos en este punto geográfico. A la mayoría de la gente al tercer día de temporal le parece un engorro y a mi, particularmente, la lluvia siempre me ha parecido inspiradora…

Regodeándome en el asombro de escuchar a las gaviotas y ciertamente desubicada, me di media vuelta enrollada en el edredón de plumas y escuché de nuevo ese sonido que me había despertado hacía sólo unos minutos. Al instante, subí la persiana un par de palmos y me di cuenta de que el edificio de enfrente estaba donde lo dejé anoche. En cierto modo respiré aliviada… ¿Os imagináis que se hubiese diluido? Si alargaba la vista, un poco más allá, justo detrás estaban las vías de tren, que no me dejaban ver la costa, ni el puerto. Bueno, las vías del tren, los casi 500 kilómetros que, en realidad, me separan de la primera línea de playa más cercana y todos los meses que faltan para que llegue el verano. Distancias insalvables a estas horas.

Y sin embargo, sobre la cornisa, posada en la esquina izquierda del alféizar estaba una de esas aves costeras. Ya no sé si era una gaviota o un cormorán. Sí, ya sé que no se parecen en nada. Vale, dejémoslo en gaviota. Ocupaba el mismo lugar donde, en otras ocasiones, había visto palomas, pardales y algún grajo.

Desde aquella mañana, he seguido escuchando esos graznidos que me dan los buenos días, a su manera, pero no he vuelto a ver a la gaviota en la ventana.

Mañana llueve de nuevo.

Llegaste al “mediodía”

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Llegaste al “Mediodía” sabiendo que aquella mañana había empezado demasiado temprano, que la tarde se iba a prolongar más allá de las luces de las farolas y que la noche estaría llena de sueños incompletos y pesadillas pasajeras.

Llegaste al “Mediodía” un día antes del día siguiente convencida de que olvidarías todo lo no vivido y elegirías que el sol y la vida te abrazasen, mientras tomabas el primer café a las 13:17 de ese día de profundo invierno. Ni un minuto antes, ni dos después. Puntualmente, una hora y diecisiete minutos después de lo que estaba estipulado por contrato.

                                                    El “Mediodía”

Según la legislación vigente

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Hoy se ha puesto una tarde de otoño perfecta. El cielo está azul y sol da calor a las almas y color a las hojas que se balancean nerviosas en lo alto de los árboles. Algunas caen. Pocas quedan. Se ha puesto una tarde de otoño en enero y nosotros nos hemos puesto el traje de los domingos en martes. Salimos a pasear por estas calles, las nuestras, las de siempre. Suena la banda sonora autóctona. No todo va a ser diferente: bullicio, tráfico, mercadillo ambulante, música entrecortada y olores a comida que salen corriendo por cada puerta y ventana que cruzamos en nuestro caminar.

Intercambiamos pasos, frases y vasos. Compartimos baldosas, palabras y cerveza. En un momento dado una para los dos, cerveza, no baldosa. Ni aunque quisiesemos bailar un chotis cabemos. Hemos decidido deliberadamente confesarnos, ya veremos si nos concedemos la absolución. Empiezas tú y después voy yo. Al final, un Padrenuestro y dos Avemarías. Ahora si que cabemos los dos en 50 cm cuadrados, mantenemos el 39 y el 42, pero nos hemos quitado un buen peso de encima. Con las cartas bocarriba vemos que son bastante parecidas, ahora que cada uno juegue su solitario en esquinas opuestas.

Circulamos de nuevo por las aceras atestadas de gente que quiere aprovechar los languidos rayos del martes.
– ¡Mira cómo parpadean ya!
– ¡Menos mal que ahora ocupamos poco espacio!

La próxima la tomamos dentro que no estamos para grandes alardes. Si nos resfriamos seremos baja en la misma isleta de mesas de la oficina y tampoco es cuestión de provocar…

¿A quién se le ocurrió venir aquí? Nos va costar una “Batalla del Ebro” encontrar una mesa. Espera que no, que hoy la suerte nos sonrie y acabamos encontrando un sitio perfecto y sentados en dos taburetes, suficiente, y mucho ruido alrededor, demasiado. Conseguir que no nos importe es cuestión de segundos. Se nos cierran los oidos al sonido ambiente y se nos abren los ojos a las señales de nuestro futuro más cercano que cuelgan de las paredes del local. Las leemos y sonreímos. Con la mirada nos decimos que está a punto de llegar: 3, 2, 1… (casi) ya.

En un momento dado, necesitamos un cambio de orientación dentro del decorado de la escena que protagonizamos. Gracias a la legislación vigente, tú no puedes fumar dentro y no podemos beber fuera. Me convierto en custodia de nuestro botellín, otra vez compartido. Arrastro el taburete a la ventana y me siento junto a la reja forjada. Tú sales con tu cigarro, menos mal que lo estás dejando, y nos ponemos a la altura de las circunstancias. Seguimos con nuestra conversación dentro-fuera sin importar la pinta que tenemos de “tú que vienes a rondarme”. Nada más lejos de la realidad. Apuramos, tú el cigarro, yo la cerveza y nos reencontramos en mitad del pasillo para solapar las palabras que quedaron colgando del alfeizar hace un instante.
– ¡Ya está pagado!
– ¡Corre que la tarde de otoño que alguien colocó para nosotros hoy, es noche estrellada de invierno mesetario en la capital!
– Y ahora mismo, hace un frío que pela…

Todavía recuerdo…

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Todavía recuerdo esos días de finales de 2017, todavía… Aquellos días en que salimos, a media mañana, para comprar algo de pescado fresco para la comida. Las pescaderías se convierte en lugares surrealistas en estos días, donde la pescadera nos dice que “lo que se ve es lo que tiene”, como si fuese Zara en período de rebajas: “no hay más tallas, ni más modelos que los que están fuera”.

Nos llevamos tres cosas en una bolsa de congelados. No hacía frío. A ratos hasta salía el sol. Ibamos a tomar el aperitivo en la playa, en una terraza con vistas al mar, en diciembre. Así es el sur. Una cervecita, bueno, o dos, bueno, quizás fueron tres. Una(s) tapita(s).

De repente nos vemos inmersos en un ambiente de canciones viejunas, de chistes rancios, de Senectudes Populares, de guitarra que va y viene, como respuesta, sois inapelables: chirigotas de carnaval y chupitos de limoncello. Seguido de momentos de si me quereis, venirsen a nuestra casa que seguimos la fiesta. Caras de poker y ganas de correr en aumento. Actualizamos la ruta y redirigimos el GPS. Sacamos nuestros pescaditos de la nevera del último bar y entre risas etílicas, nos vamos a tomar un café a casa de uno de los nuestros. Mucho mejor. No es cuestión de arriesgar en exceso, que esta gente celebra las exequias con honores a la hija de Franco.

Rematamos la tarde tomando café con sobaos (cosas MUY de la Navidad), unos; y otros, ron con coca-cola. Mientras tanto, encadenamos golpes a la bola de ping-pong. Cuando nos aburrimos de girar alrededor de la mesa, nos da por lanzarnos dardos, literal, directos (o no) a la diana que cuelga de la pared, entre la barbacoa y la tele de plasma. Tenemos la sospecha de que esto no va a acabar nunca, como El Ángel Exterminador o como la saga de Star Wars. Y el pescado sigue recorriendo neveras ajenas por la zona. Le hemos cogido cariño, pero… acabó en la fideuá del día siguiente.

Todavía recuerdo los últimos días de 2017, todavía. Esa tarde en que nos dejamos echar las cartas en una sesión de tarot con baraja francesa. Las cartas hablaron y dijeron que tienes mucho lío este año con el trabajo y el amor, y a mi, que tengo una relación espiritual con un mushasho (no podía ser de otra manera). Paseos por el centro para intentar bajar comilonas imposibles. Conciertos de villancicos por alegrías en iglesias pequeñas con sobres de Cáritas para recoger la recompensa. Cineforum de películas de Antena 3 en las que sabes lo que va a pasar antes de que acaben los créditos de inicio. Ver Frozen, por si te la perdiste ayer. Ver Frozen.

Todavía recuerdo los últimos días de 2017, todavía… Incluso recuerdo otras…