Maneras de viajar en tren

J. y C. están aburridos el uno del otro, pero se hacen compañía. Sobrepasan los 60 y llevan juntos desde que tenían 20. Se casaron jóvenes y tuvieron 2 hijos que se independizaron hace tiempo. Los dos viven en Alemanía y vienen unos días en verano y otros en navidad con sus respectivas familias. Los veranos, en el pueblo y las navidades, en la capital. Un clásico.

J. y C. viajan todos los fines de semana al pueblo de ella, donde vive su madre, ya mayor, pero autónoma. Hacen el trayecto en tren porque ahora sale más barato que sacar el coche del garaje. Siempre van en asientos contiguos. Hablan sin parar pero no se escuchan. Muchas veces solapan sus argumentos que no tratan el mismo tema. Una mira hacia la ventana y el otro, hacia el pasillo.

Él es adicto a la información política y económica, tiene opinión sobre cualquier tema y lo hace saber constantemente: el gobierno, la oposición, los bancos, los de podemos, los indepes, la vivienda, la sanidad pública… todo cargado de acidez, de crítica. Al principio, le escuchas y crees que es de izquierdas, pero después de dos discursos de 10 minutos, te das cuenta de que no. Tampoco podrías asegurar que sea de derechas.

Canfranc (Huesca) 31 de diciembre de 2011.

Ella habla de su hermana mayor, de las herencias, de lo lento que va el tren: ¡qué lento que va el tren! Aquí se dan la razón. Yo también se la doy, pero sólo porque se me va a hacer más largo de lo habitual el viaje. Retoma lo de la hermana y la otra prima que vive en el pueblo… que se han comprado noséqué o nosécuál, qué fijaté. Entonces él hace su aportación: claro, es que tú eres muy tonta y tu hermana y tu prima, muy listas, te lo tengo dicho… que no te enteras.

Y yo, que no me quiero enterar, pongo música e intento leer. Mira que está interesante el libro, pero su conversación sigue entrando por la fina ranura que dejan los auriculares en los oídos. Subo la música, pero me atrona…

Mientras tanto, ellos siguen demostrando su aburrimiento de años a cualquiera que los oiga. Y de vez en cuando un te lo digo yo o un qué lento va el tren. Es que tienen que estar uno junto al otro haciendo que les interesa la conversación. Disimulan mal. Están pensando en a ver si llegamos y al menos, en el pueblo están los siempre y pueden hablar con otros de aquello que más les interesa, por separado por supuesto.

Domingos de arroz

Me desperté pensado en aquellos «domingos de arroz». Cuando estábamos juntos era el día oficial de cocinarlo: caldoso, de pescado, con marisco, con verduras, risotto con setas… Primero discutíamos quién lo cocinaba mejor. Bueno, yo no discutía… dejaba que sacases tu orgullo y te dejaba ganar sin competir. No merecía la pena. A mi, no.

¿Recuerdas esas discusiones que siempre empezaban en el desayuno del sábado? Un rato más tarde, seguían en el mercado del barrio. Nos divertíamos bastante. Tú, con una sonrisa que evitabas disimular. El pescadero con cara de «hoy toca comedia».

Entonces yo te lanzaba un desafío que recibías como un dardo: tú cocinas mejor, bueno, eso dices, porque no me has dejado demostrar lo contrario. Y tú seguías: mis arroces son los mejores. Y yo: bueno, me conformo con saborearlos y acabar fregando los platos. Ese era el trato (ganador): el que cocina, no friega. Y tú: ¡Ja! dirás meterlos en el lavavajillas. Vale, sí… es una suerte (para mi) que tú hagas el arroz y que tengamos lavavajillas. Lo mejor era que acabábamos de comer y nos rendíamos a la siesta, con todo recogido y sin remordimientos.

La disputa terminaba el domingo a mediodía cuando colocabas la paella sobre el fuego. Se despejaban las dudas y empezaba el ritual. Entrabas en la cocina y me escondía detrás de ti, como si fuese Mata-Hari, sigilosa, pegando mi sombra a tu sombra. Iba fijando en mi memoria cada paso que dabas. Anotaba mentalmente los ingredientes y los tiempos de cada fase del proceso. De vez en cuando te girabas y sonreías. Te hacías el sorprendido y me mirabas con cada de «¿qué haces ahí?. Algunas veces te desataba el delantal oficial de los «domingos de arroz» sólo para ver tu reacción malhumorada e impostada, porque siempre acababa la escena en carcajada. Otras veces, disimulaba y te servía una copa de vino blanco o de vermut, para que pareciese que te estaba cuidando. Aunque lo que en realidad quería era seguir con mi «espionaje industrial» y plagiar la patente de «los mejores arroces de los domingos». Siempre estábamos bromeando con eso de conocer todos tus secretos y el toque maestro del chef, que jurabas y perjurabas que te llevarías a la tumba. Tampoco hay que ponerse así, yo te veo más de cenizas dentro de una urna funeraria… Calla, calla.

Todo porque sabíamos que los arroces de los domingo no iban a durar para siempre. Estabas de paso. Ya sé que todos los estamos, pero a tu estancia le habíamos puesto fecha de caducidad. Y me estaba acostumbrado peligrosamente a nuestras rutinas. A los arroces, tanto como a las siestas de después. Tanto como a los paseos de los martes. Tanto como a los cines de los viernes y al posterior coloquio. Tanto como las conversaciones (in)finitas de cualquier tema, que acababan en el instante en el que cerraba los ojos y tu susurro se iba atenuando contra la almohada. ¡Ups! Nos pilló el calendario inmersos en todo esto… y el billete de vuelta cerrada hizo el resto.

Hoy es domingo, cociné arroz. Vas a tener que venir más pronto que tarde, porque te puedo discutir -ahora sí -abiertamente que el tuyo sea el mejor. Veo mis opciones y subo la apuesta.

Malas noticias: no tengo lavavajillas. Te espero en el sofá.

El pescadero dice que desde que disolvimos el dúo ya no hay «sábados de comedia». Dice que conmigo se divierte, pero sólo la mitad.

Joaquin Phoenix en Nueva York. 1996. (c) George Holz

vivir en las 6 y 10

He pasado 3 semanas viviendo en las seis y diez.
Dos veces al día he acertado, pero, por lo general, la mayor parte de la jornada no sabía qué hora era. No sabía si eran las 6:10 de la mañana o las 6:10 de la tarde o las 4:17 o las 23:42.
En el hipotético caso de que fuesen las 6:10 de la mañana, me quedaría casi una hora para que sonase el despertador y en el caso de que fuesen las de la tarde, estaría saliendo del trabajo o cogiendo el bus. Bueno, también podría ser que estuviese rematando flecos de cosas que no quiera dejar para (el) mañana y, por tanto, estaría todavía en la oficina.

Judy Kepes learning to tell time by counting the cork balls on the clock arms. (Ralph Morse – LIFE, 1949)

En realidad, estar todo el rato en las 6:10 ha sido curioso, ya me estaba acostumbrando a estos ritmos. Porque desayunaba, comía y cenaba a esa misma hora. Pero es que también iba y venía, he quedado con gente, he entrado y salido del cine, incluso de ver una larga película y me he ido a dormir…a la misma hora.

Todo ha acabado en un cambio de pila y un ajuste de agujas. Lo justo y necesario para sentirme actualizada. He vuelto a vivir el presente en el tiempo presente, con sus 24 horas de un día, sus 60 minutos por hora y sus 60 segundos por minuto, con sus «5 minutos más», por la mañana, con su «‘¡ya son las 12! (y es martes), con su «creo que llego pronto, os espero al sol y viendo pasar gente» o su «perdón, perdón, que llegaré un poco tarde». Y esto durará al menos hasta que a las 3 sean las 2. Aunque este desajuste lo vamos a tener todos. Y es mi consuelo. Una hora arriba, una hora abajo, es pan comido después de 21 días luchando con el tiempo parado.

conversación de ascensor…

Hace unos días L. y yo nos enamoramos a primera vista de un septuagenario florentino. Nos cautivó sin opción de escapatoria. En una breve conversación de ascensor, de la planta 3 a la 0, que se alargó durante unos pasos más, hasta el vestíbulo del palazzo donde nos despedimos de él para siempre. Nos habríamos ido, sin dudarlo, a tomar un spritz, un espresso o a pasear por las caóticas calles de la ciudad sólo por seguir a su lado.

Cuando salimos de la ensoñación del momento, nos reconocimos barajando la opción de haber parado el ascensor entre la planta 2 y 1 y así haber alargado unos instantes más ese momento. Entre las dos sumábamos años como para alcanzar su quinta, quizás superarla, seguro, superarla. Sólo por si el tema de la edad era impedimento de cualquier entendimiento con él. Ciertamente no, no lo era, porque con una conversación tan desinhibida y tan discreta consiguió mucha más atención por nuestra parte que un hombre de nuestra edad sujetando dos neones encendidos al fondo de una habitación a oscuras.

Nos reímos encantadas encajando la situación que acabamos de vivir, ¿te imaginas a este hombre enamorando personas en cada ascensor? ¿en cada cambio de semáforo? ¿en cada cola de supermercado? ¿alegrándole el día a todas aquellas que alcanzan su radio de actuación?

Y te estarás preguntando que nos dijo para causar tal sensación. Y no importa lo que dijo, si no cómo lo dijo. Y eso no lo puedo expresar con palabras, porque es un aura invisible, que no se ve, pero se siente. Sólo sé, sólo sabemos que ojalá ser como él de mayor… complicada tarea de súperpoder innato.

La recomendadora

Se conocieron compartiendo unas cervezas en una reunión de amigos. Era julio, era viernes y hacía bastante calor, aunque estaba cayendo la noche. Todos estaban cansados de la acumulación de jornadas de trabajo y noches sin dormir por las altas temperaturas. Esa ola parecía no tener fin. Las ganas de distracción eran mayores que la fatiga. Así que, la conversación y la risa se iban turnando de dos en dos en forma de espiral, recorriendo al grupo, en su mayoría, formado por personas conocidas para todos y algunas desconocidas entre sí.

¿De qué os conocéis? ¡Qué calor! ¿Dónde vives? ¿Llevas mucho tiempo aquí? ¿Pedimos otra? ¡Que sean tres! ¡Una más para mi! ¿Picamos algo? ¿Dónde vas de vacaciones? ¡Qué interesante! ¿Salimos fuera? Ya me lo habías dicho, pero ¿de qué año eres? ¿Alguien tiene un boli? ¿Estáis juntos? No, somos amigos.

Y así se pasan tres horas como si fuesen diez minutos:

¿Nos vemos mañana? ¿Hacemos un vermút? Nosotros os vemos por la tarde, que no podemos antes. Yo tengo una comida y probablemente acabe en una piscina con un gin tonic en la mano.

Risas.

Tú si que sabes. A las cinco cogemos el bus. Vamos hablando. ¡Sí! Ha estado genial este ratito, ¡me han caído muy bien tus amigos! No puedo más. ¡Quiero un helado! Venga, vamos andando. De camino seguro que encontramos algo.

Besos y abrazos.

Buenas noches. Encantada. Encantado. Igualmente. Ciao!

Risas.

Por aquí. Yo voy hacia arriba. Nosotros hacia abajo. ¡Adiós!

Durante aquel fin de semana, él y ella, no se vieron de nuevo. A los dos días, ella recibe un mensaje de whatsapp de uno de los nexos-de-unión: ¿te vienes a tomar un tinto de verano? y una foto de los dos como prueba irrefutable de qué y quiénes lo estaban haciendo. Era lunes. Era tarde. Más tarde aún cuando ella leyó el mensaje… y se encontraba en la cuidadosa tarea de dar la vuelta a una tortilla de patatas, con cebolla, por supuesto, para comer al día siguiente. Risas, en ambos lados de la pantalla táctil. Si estuvieseis más cerca, iría. Lástima. Otra vez será…

Al cabo de tres días, el nexo-de-unión parecía aburrido de hacer su papel en una conversación a tres bandas. Dió vía libre y un número de móvil a la parte más interesada. Pero, ¿interesada en qué? En conseguir una recomendadora de películas de carne y hueso, al margen de los caprichos algorítmicos de los buscadores, las aplicaciones y plataformas de VOD: si te gustó X, te gustará Y, no dejes de ver Z.

Así que las risas continuaron más allá de aquel viernes de julio y se convirtieron en un diálogo cuajado de títulos de películas.

Pero, mejor me haces una lista

Claro, una lista y te paso la factura.

Él se iba cinco semanas al norte, huyendo de lo que quedaba de verano y quería material cinematográfico para rellenar horas de tiempos muertos entre siestas, teletrabajo, vacaciones, reecuentros con amigos, tíos, primos y de más familia…

Todo indicaba que antes de su partida no iban a verse. Sin pensarlo mucho, ella anotó una docena y media de títulos en una página en blanco de su libreta. Esas pelis que la habían marcado de algún modo, que la habían sorprendido, que la habían roto o que la habían reconciliado con alguien o con algo en algún momento de su vida. Algunos títulos de clásicos y otras más actuales. Sabía que se dejaba muchos fuera, pero para empezar no estaba mal. Sabía que no se conocían de nada y que de aquel listado se podría sacar información sensible. Lo primero que sus gustos cinematográficos no eran los convencionales. Eso dijo él.

Cuando acabó de escribir la lista, hizo una foto con el móvil y se la envió. Sabía que podría haber tecleado la misma información en un mensaje de whatsapp, pero le habria quitado parte de personalidad. No covencional, eso dijo él.

Para bien o para mal, eso dijo ella. Y a continuación, puso una condición: por cada película de las recomendadas que veas y que te guste, tendrás que devolverme una referencia de una película, un libro o un disco de tus favoritos. ¡Quid pro quo!

Sí, «un ojo por ojo, diente por diente» cultural…

¡Y la factura! No te olvides de la factura.